La verdad y la belleza

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Era de noche, no recuerdo qué estación. Charlábamos, oíamos cosas, veíamos algún video… Ya digo: charlábamos. De pronto le enseñé en su ordenador una interpretación de 4’33’’ de Cage que me había descubierto Alejandro unos días antes y, en algún segundo de esos 273 segundos sobre los que flota la obra… (yo soy un 5), entró en ella. Y me dejó entrar. Eso fue. Ese momento preciso, esa música. Esa fue mi llave de La Llave. Al acabar la pieza levantó la cabeza, me miró abierto y, con todas las defensas bajadas, me dijo:

¿Puedo enseñarte algo?

Claro!

Entramos en el salón y, como un sacerdote juguetón, comenzó su liturgia por primera vez para mí: colocar la silla en el lugar exacto, escoger (así como un cocinero experto extrae de la fuente el tomate adecuado) la guitarra apropiada, dejar que el miedo al abismo venga para enfrentarlo… pararlo todo para, de ponto, explicarte detalles muy concretos; la fecha de una canción que empezó hace años, cuántas guitarras como la que tiene en la mano hay en el mundo, qué canción tocó quién en qué fecha con una igual, y por qué…

Era tiempo de mucho dolor, y el disco venía para curar. A menudo, la belleza, son los trozos que quedan por el camino después de haber vivido sin miedo momentos de verdad. Hay dos cosas impresionantes en Tòfol: su casi inhumanacapacidad de trabajo, y su valor.

No sé si la “La Llave” fue la primera canción que me dio – creo que sí – y no hizo falta una sola palabra para que los dos supiéramos que era una canción para sanar. Todas en el disco lo son. Hoy, al oír el álbum tres años después de aquella noche, me doy cuenta de que todo él es proceso. Miro los títulos en la lista y encuentro su melodía interna, lo que lo hace álbum, la estructura, oigo lo que voy a bailar, dónde voy ensimismarme, dónde voy a llorar. Dónde lloro.

Nada ha sido fácil. Aquel día en que fuimos a recoger a Marco a El Prat, las primeras sesiones de grabación, la armonía en todo, el miedo, ¿el terror?, el valor, la camaradería, la amistad. El equipo. La intensidad. La insoportable intensidad, esa disposición a dejarte trozos de carne, de arteria, de tendón, de víscera, de cartílago, de marfil, en el camino. De momentos en los que, sin aire, se queda uno como un pez boqueando sobre la cubierta de la barca de Cutu.

 

la Verdad y la Bellezaes un disco de amor, de autodescubrimiento, de viaje, y de tránsito. Y de generosidad y agradecimiento. Y de sanación.

la Verdad y la Belleza es mi amigo explosionado. Abierto. Dado. Entregado, comulgado, curándote, en algún rincón, alguna herida.

Tossa de Mar – el centro del mundo – 3 de marzo de 1918. (Digo 2018).

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